Login do usuário

Responder a este comentário

El envidiado

Por Federico Beines

No todo es tan paradisíaco en Helpún, donde la selva parece abrir paso a uno de los misterios más intrigantes que aguardan a los peregrinos. Se dice por aquí que sólo los hombres venturosos pueden penetrar la espesa vegetación para llegar a su destino: la Diosa Puta. Esta mujer, invisible durante los meses de lluvia, suele salir al río cuando ella siente ganas. Quienes quieran encontrarla seguro, deben asistir, como nosotros, a una celebración anual llamada Singradna.
“Yo puedo mostrarles el placer no sólo a los hombres que vienen aquí, me vengan a visitar, o no”. Cabe destacar que estas imágenes de copulación no fueron previstas. Sí lo fue en cambio el impresionante monólogo de la Hachi, la Diosa Puta, quien quiso hablar desnuda frente a la cámara, ya que no aceptó cubrirse con la manta que le facilitamos. Ella apenas puede vivir bajo su piel, cuyo voltaje no toleraría la carga de algo exterior salvo que sea sexual porque, según cuenta, sólo así logra transmitir energía a un cuerpo ajeno sin quemarlo ni destruirlo. Los hombres no olvidan nunca la experiencia aterradora de...
Jacinto cortó la cinta con cierta violencia.
-Qué idiota –alcanzó a vociferar.
El monitor se apagó dejando un punto luminoso blanco como la luz al final del túnel. Entiendan bien: no se trataba de un televisor antiguo, sino de una maravillante isla de edición de un prestigioso canal. La tecnología, con estantes repletos de aparatos y luces del suelo al techo, parecía agobiar a Norberto casi tanto como el gesto de Jacinto. Éste se incorporó en su sillón de cuero negro y, contra todo pronóstico, no gritó. Tampoco lo miró fijamente, sino que una vez espirado el humo de su habano, batió su cabeza repetidas veces, expresando una negación terrible, con los ojos cerrados. La escena era nueva para todos; Jacinto no era un hombre fácil de indignar, pero aún así, ese día su respiración parecía haberse agitado más de la cuenta. Finalmente, no tan furibundo sino con una sutil pena, miró a Norberto.
-Yo confié en vos. Norbi. Escuchame. Te mandé al medio de la nada para que hicieras el trabajo. Pero vos eras nada. Te estabas por morir. Yo te tuve plena confianza y lo sabés bien. Te mando al mejor lugar, al medio de la nada, y volvés con nada. ¿Cómo puede ser? Pongo una cantidad de dinero que no tengo, y sabés que no tengo, aunque digan los diarios lo que digan. Puse todo, para que vuelvas con esta idiotez.
-Es algo serio.
-Claro que es algo serio, Norbi. Vos estás en un caso serio. No podés traerme una imbecilidad semejante. El mejor camarógrafo, el mejor staff, no existe una producción semejante y vos lo sabés. Te reíste de mí, Norberto.
-Por favor, ¿cómo va a pensar eso? Yo lo hice con la mejor intención de ser profesional. Pero bueno, no siempre se logra lo que cada uno quiere.
-Te mando a hacer un documental sobre la selva y apenas me traés dos o tres imágenes. El resto es una diosa puta en pelotas que no hace otra cosa que pasarse los dedos por la vulva cuando habla. ¿A quién se le ocurre? Esto no lo puedo poner en el aire, ¿me entendés? Aunque sea algo real. Ni como una comedia. Te hubieses filmado a vos en una orgía con ella y el camarógrafo.
-No, el camarógrafo es serio –se excusó Norberto, sin intención evidente de quedar mal parado por su comentario.
-... Bueno, está bien. Por lo menos decime que quisiste hacer una comedia. Algún día me voy a reír. Pero por ahora te voy a dar otra oportunidad que sigas con el programa de viajes. Pero sólo lo hago como un favor, para no echarte, porque ya estás en las propagandas del canal. Pero por favor hacé las cosas bien, o te remplazo.

Por medio de la presente acta, declaro y juro por mi honor y ante la ley que yo, Norberto Lonchán, D.N.I. 38.578.445, no podré reclamar indemnización alguna al finalizar el ciclo de grabaciones de “Un día en el paraíso”. A la postre de los seis capítulos pactados, no tendré derecho a pedir una compensación por romper el contrato anual de exclusividad con el Canal Plus. Mi renuncia queda por este intermedio anticipada, debido a la irregularidad de mis funciones profesionales.
Firmar este documento representó no sólo una pérdida de dinero para Norberto, sino una pérdida de dignidad. Él había hecho todo bien, consiguiendo imágenes de una calidad y una crudeza nunca antes vistas, al menos en documentales, en el historial del canal. Demasiado crudas, quizás, llegó a decirse. Así y todo, el ritmo de sus pensamientos no era el más veloz, y su sagacidad dejaba mucho que desear. Esto resulta lógico si uno recuerda que Norberto había sido una estrella del mundo de la música, mundo el cual tuvo que abandonar por padecer de una artritis autoinmune que lo obligó a dejar la guitarra. Marginado de las tablas y del público, el productor prestigioso Jacinto Valbuena vio en esta historia una jugosa fuente de dinero a explotar en televisión. Y qué mejor que un programa de viajes, para que todos gozaran de la nueva gracia de Norberto. Gracia que no vio en el guitarrista pero, como bien le aclaró en aquella charla, confió en poder inventársela. Era una jugada arriesgada, por eso Jacinto no pudo descargarse contra Norberto, quien aún se consideraba genial.
La siguiente excursión la realizaron en Turquía. “Se lo van a comer ahí, Jacinto”, alguien dio en avisarle. Pero los vuelos ya estaba comprados de antemano.
Una vez en el aeropuerto de Estambul, Norberto decidió que pondría fin a sus incursiones osadas para la pantalla. Por eso mismo dio en negarse rotundamente a la tentación máxima encarnada en Serena, la productora itinerante que se encargaba de controlar todo lo que sucedía en la filmación. ¿Por qué Jacinto no le había reclamado a ella por lo de la Diosa Puta? Seguramente tienen sexo, infirió Norberto. Cuando Serena comentó algo acerca de una leyenda de la Anatolia sobre un ser hermafrodita, por poco Norberto le pega un grito largamente contenido. Ahora, él estaría a cargo de la decisión sobre qué incluir y qué descartar.
De esa manera, las tareas de Serena se reducirían a las de aconsejar sobre las imágenes al camarógrafo y de realizar los trámites en los aeropuertos y hoteles. Norberto había sido terminante: nada de lo que fuera a ser registrado pasaría por manos de esa mujer endemoniada que, a pesar de todo, tanto lo atraía. Por ella, es verdad, él había rehusado acostarse con la Diosa Puta. Si bien es cierto que nunca consumaron, Norberto veía en la productora una de las pocas mujeres que lo enloquecían, al punto de preguntarse cómo era posible que una mujer se le negase a la estrella de rock.
“Ahora te vas a quedar en el hotel mientras filmamos, reina. Yo voy a ser quien dé la cara por esto.”
El transporte hasta el hotel fue hecho en una camioneta que Serena consiguió en ese momento, puesto que la idea inicial era viajar ese mismo día para Anatolia. Sin embargo, Norberto prefirió perder los vuelos, asegurando que él mismo los iba a pagar, en vez de sucumbir ante las ideas necias de esa mujer. El trabajo era la principal preocupación de este músico que recién estaba pisando el agua hirviendo de la televisión.
Una vez en las puertas del hotel, Norberto se dedicó a conseguir un taxista que le resultara simpático. Los planes habían sido cambiados. Aunque el programa versaba sobre una excursión de un solo día en la que, gastando mucho dinero, se puede acceder a algún paraíso terrenal, Norberto prefirió arriesgar el perfil del programa. Estambul habría de ser el paraíso a recorrer en un día, alquilando un taxi. No fue idea suya, claro está que una apuesta semejante distaba de los horizontes cognitivos de Norberto. Algo así iban a hacer por las calles de Moscú o de algún país oriental, para lo cual la producción se había reservado unos quinientos dólares. Norberto le pidió esa suma a Serena, jurando que algo genial se le iba a ocurrir cuando tuvieran que rodar en los demás países asiáticos.
Hazan, el taxista elegido, era un hombre de unos cuarenta años, barba tupida de canas y un lejano aliento a carne cruda. Ni bien cerraron el trato, el poco lerdo chofer recalcó que los quinientos dólares serían el equivalente a lo que el taxímetro marcara al final del día –si es que las liras turcas entraban, con todos sus ceros, en el panel del taxímetro. Por su trabajo, tan agotador e insalubre, él cobraría una propina, como dejó en claro tras alguna monería ante la cámara encendida. Salvo por esa suma adicional, que habría de ser entregada por Serena al final de la jornada en el hotel, todo fue pagado por adelantado. Norberto sonrió, y pidió ser llevado a la mítica Mezquita Azul.
El camino se prolongó más de lo deseado: Hazan se encontró con un amigo en el trayecto. Los extranjeros, que habían tenido la prudencia de arribar a Estambul a las siete de la mañana, ahora estaban perdiendo tiempo por un don nadie aparecido a la vuelta de una mugrienta esquina de un barrio alto. El olor a especias se colaba por la ventanilla abierta del copiloto, lugar ocupado por Norberto. Desde atrás, con un trípode sujeto al suelo, se hallaba el camarógrafo, en una posición nada incómoda. Éste tornó la cámara para filmar a Hazan, quien estaba recibiendo un paquete de su amigo. Al ver que la imagen estaba siendo capturada, el taxista se encolerizó. Precipitándose sobre la lente con insultos exóticos y rutilantes, la filmación quedó trunca en un momento de alta tensión, como destacaría Norberto cuando Hazan volviera a alejarse. “Esto habría que pasarlo igual en la tele”, sería el comentario para redondear la escena, con la máquina ya apagada.
A partir de ese momento, Hazan conduce con la peor cara de amargura, iracundo, como si hubiese practicado por años, dirigiendo constantes miradas a modo punzante por el espejo retrovisor. Sin excepciones, cada vez que Norberto está contento con alguna toma, el camarógrafo lo repudia. Los nervios no se perciben en la cara del guitarrista, por lo que acaba siendo el principal objeto filmado.
Las aguas van bajando y ya Hazan no se muestra tan perturbado. Vuelve a hacer morisquetas, y hace las delicias del camarógrafo. Éste aprendió unas palabras en turco antes de viajar, por lo que intercambia básicamente algunas palabras con el conductor. Ambos ríen en un momento, y nadie le explica el motivo a Norberto. Éste comienza a inquietarse, pues no es tan estúpido: se ha dado cuenta de que, ante una palabra mágica que acaba de pronunciar el camarógrafo, Hazan ha cambiado el rumbo. Algo que Norberto no desea en absoluto: pasar por alto Haghia Sophia.
Cuando el guitarrista juzga por el mapa que ya se están alejando del núcleo histórico, cuando ya Top Kapi ni figura en el plano de la ciudad, Norberto se fastidia al punto de dejar su orgullo de lado y, nerviosamente, inquiere a su compañero sobre qué fue lo que vienen de conversar. El camarógrafo sonríe, y hace como si se ocupara de la filmación: toca unos botones, Norberto pregunta otra vez, su compañero lo enfoca con la lente y vuelve a rodar, callando los ánimos de rebeldía del guitarrista en forma definitiva.
Una imagen asesina retorna sobre la mente desvencijada de Norberto: él en la escuela de su infancia, saliendo para su casa. En ambos lados lo han convencido de que es estúpido. Como si una mente externa hubiese tomado por asalto el sitio de la propia. Eso le duele, sabe que no es así, y prefiere disimular en silencio que no entiende lo que sucede alrededor, una vez más.
Se detienen en un lugar al paso, donde sirven Shawarmas. El puesto callejero tampoco está exento de los amigos ocasionales del taxista. Mientras come su sandwich de carne sacada de la res del palo metálico, Hazan ríe y escupe especias a los cuatro vientos. Norberto mira a su compañero para que filme lo pintoresco de esta persona emanando saliva y cebolla, pero el camarógrafo no se anima. Éste le comunica, en español y rápidamente, que no quiere instigar la ferocidad de este bravo hombre que, dicho sea de paso, vos Norberto elegiste.
El taxi arranca, ahora sí con algo de prisa. Vos, Norberto, no has hecho ningún comentario sagaz en la filmación, ni siquiera esos que fueron sugeridos por el camarógrafo antes de salir. Los atributos se van deshilachando, y a esta altura no hay muchas cosas de valor. Vos tampoco tenés valor al ponerte a gritar como una niña cuando te enterás que se están dirigiendo a un prostíbulo. Cuando lo descubrís, de hecho con suma lentitud, ya están en la puerta del establecimiento. Ya no hay vuelta atrás, por más que te pongas a gritar. Nadie ha hecho esto en contra tuyo, que te quede claro. Si se tratase de una cámara oculta para ver tu reacción, sería un éxito de audiencia rotundo. Pero estás ahí, con esa cara de gato empapado, desorientado como un marrano. Siempre te dijeron que pensaras mejor las cosas antes de hacerlas solo. Y el obstinado se manda como quiere. No salen las cosas como uno las imagina, salvo que las imagine bien. Vos lo sabés mejor que nadie: te falta esa gracia que tiene Hazan, que se te ríe cuando te quedás congelado en el auto. Te abre la puerta porque es bueno y se apiada de los débiles.
Hasta aquí ha sido comprensible, Norberto. Pero no todo es rosa, y no todo se puede prever. Aunque confíen en vos, a veces parece que no sos hombre. Si te hubieras visto en ese momento... por eso la filmación. Diría que está por convertirse en un documental sobre la estupidez de un personaje, pero no es así. Es todo lo contrario. Tampoco es algo que dé pena, no te preocupes. Nadie puede insultarte por tu debilidad. Ayudarte, apiadarse, es cada vez más difícil. Si te empeñás, podés ver la cinta que se está filmando como un testimonio de cómo va saliendo todo. Sólo así vas a darte cuenta de lo que hiciste. Cuando la mujer te elige, con toda la mejor voluntad de alguien a quien sólo pagan un millón de liras, te mira a los ojos. No puede hacer otra cosa que esto que padecés: te agarra un testículo y te lo exprime. El camarógrafo es el que ríe, pero también es un estúpido. Él acaba de salir de la habitación y filma lo que ve, pero prontamente le arrebatan la cámara. Hazan no está en el cuadro, pero se escucha su voz dando gritos. Abren la cámara y te arrojan la cinta por la cabeza. Recién después de esto, la prostituta te suelta el testículo.
Espero que sepas reconocerte en estas imágenes tuyas, que son las últimas. 

     
 

Responder