Caso da enfermaria feminina de Jurujuba

La partera de las esclavas de Charles Bronson

Primer día en Brasil

Después de las reuniones protocolares de presentación, el director del hospital se cruza con María Paula, asistente social y decide rápidamente que yo la acompañe a una visita domiciliaria. A los cinco minutos estamos en una combi rumbo a la zona de Cachoeira, una favela de la ciudad de Niterói. En lo alto del morro, parece que la combi no va a conseguir llegar hasta donde existe asfalto, pero más allá de lo empinado hay otros vehículos estacionados. Todo indica que es un trayecto dentro de lo común.
Del asfalto en adelante, las calles se tornan sinuosas, y en seguida pasan a ser senderos cubiertos de vegetación. La cascada que hace honor al nombre del barrio (“cachoeira”) no aparece, salvo que sea un desagüe que es en realidad el camino, cubierto con un musgo que lo vuelve riesgoso para transitar.
Sólo algunos niños se nos cruzan. Les preguntamos si conocen a Zilmar, la mujer que está internada en Jurujuba y que tenemos que ver si la casa es habitable para un alta próxima. Pasamos por una zona de fango que tiene algunas baldosas improvisadas con piedras del morro. Cuando escasearon, se rellenó el terreno faltante con pisos de cajones plásticos de cerveza, dándole al camino un colorido que contrasta con el natural. El resto del trayecto hasta la casa de Zilmar está tapizado con basura.
La casa de Zilmar está reconstruida: una vez se incendió y otra se cayó por el barranco. La encontramos cerrada, deshabitada. Damos vueltas por el barrio, todos parecen haberse escondido.
Finalmente Paula reconoce a la hija de Zilmar, por el rostro redondo, negro, saliendo de otra casa. No tiene más de 20 años. Le faltan los dientes de adelante y tiene un bebé en brazos, que muestra orgullosa.
En eso aparece Mónica, una negra enorme en bikini, ojos rojos, orejas con una doble mutilación de cada lado, simétricas. Me comenta Paula que así como se nos presenta también va vestida al hospital, porque también es “psiquiátrica”. En la casa de al lado vive una mujer que tiene un hijo internado en Jurujuba. En tres casas, cinco internados psiquiátricos, cuenta la asistente social: 4 en la sala de mujeres y un hombre. Luego me detallará que Mónica es una madama y el lugar que visitamos, infestado de niños, es en realidad un prostíbulo.
El mar está abajo enseguida, aunque casi invisible por la bruma. Siento que no voy a soportar el calor. Alzando la vista se distingue mejor el Cristo Redentor, del otro lado de la bahía, a la misma altura del morro en que estoy.
Una vez que volvemos al hospital, me presentan al equipo en el que voy a trabajar, en la sala de internación de mujeres. En mi ausencia ya repartieron los pacientes: Zilmar me ha sido asignada. Aunque está internada desde hace 6 semanas y hay una psiquiatra de planta que acompaña en esta nueva internación –cuenta con alrededor de una docena en su haber.

El otro terreno

Zilmar es de las más orientadas de la sala. Se trata de una negra de 44 años, con el pelo anaranjado. Su contextura fuerte habla de una lejana belleza en la juventud. Nos quedamos conversando en un banco de la sala. Según informamos a la familia, ella está para el alta. Pero no se la van a dar de inmediato porque le llegaron otras altas antes: las transaminasas multiplicadas por diez –es decir, están altas.
Hablo de eso con ella, dice que tiene “riesgo de vida”. Indago un poco: fue la idea que la psiquiatra a cargo le dio para avisarle que su internación continuaría, mediante la frase: “hay gente que se muere por tener esos valores en la sangre”. Zilmar cuenta que quiere morir en su casa. Intento relativizar la idea de muerte probable, pero ella se muestra inflexible. Y aclara: “igual no tengo miedo, cuando me toque morir, moriré”.
A los 5 minutos de hablar comienza a recordar cosas: a los 15 años recibió un tiro en la vagina de parte de su novio. Después pudo tener hijos normalmente, tuvo 22, de los cuales 7 eran adoptados. Tuvo gemelos en París, Junio y Julio, con uno de sus maridos, Antonio Carlos. Éste es un japonés “de cara”, pero en realidad es “rubio americano”. Este hombre se quedó allí luego de separarse de Zilmar, por fortuna según ella, porque él le pegaba.
Zilmar tiene una cicatriz en el muslo, pero dice que es de un forúnculo. Relata que se quedó negra a los 15 años, porque ella antes era blanca y rubia. Ahora para volver a como era antes, se pone agua oxigenada. ¿Cómo se quedó negra? Por el sol, que la quemó.
Este primer día Zilmar traerá tanto la idea acerca de su problema de la misma forma que anticipará cómo es que ella lo solucionará.
Su problema: el fuego. La internaron porque prendió fuego su casa. Pero no es la primera vez, casi siempre es un bombero quien la llevó al hospital psiquiátrico, cuando no fue la hija Sandra. Con esta hija no se lleva bien: Sandra le tiró agua caliente encima y la quemó. Zilmar dice que la perdona. Que sólo prende fuego cosas para tranquilizarse. El humo le gusta, tanto como las formas que el fuego adopta. Su ex marido, Antonio Carlos, era bombero. No hay rastros que esto se deba a una cuestión cultural, como la pertenencia a Xangô o los orixás del fuego, muy expandidos en el credo del Candomblé -de los que más se practica en el medio que Zilmar vive.
Y he aquí su idea de solución: mejorará cuando termine su casa en Charitas, cerca del hospital, para irse a vivir con su abuela, su madre y su hija Greycimar.Ya consiguió el terreno, en una de las zonas más caras de Niterói. Le faltan los albañiles.

La historia en el presente

Zilmar entró por primera vez a Jurujuba en el año 91. No se acuerda de cuantas veces entró, como tampoco nadie se ha preocupado en contarlas en la historia. Según las que pude rastrear en los dos volúmenes de su “prontuario”, son más de 10 internaciones en ese hospital, a las que habría que agregarle otras instituciones como la Casa de Salud de Niterói, donde pasó casi dos años. En Jurujuba sus internaciones fueron de varios meses, sin llegar nunca al año.
Zilmar recuerda su primera internación: “tenía los pechos llenos de leche porque había nacido mi hijo hacía cuatro días. Me puse mal en el hospital, sentía que me perseguían. Se ve que enfermé porque cambié de forma. Estaba gorda por el embarazo y de golpe estaba flaca, se ve que no lo pude tolerar”. Fue internada y separada de su bebé.
Durante las primeras semanas en que acompañé su tratamiento, las conversaciones comenzaban de forma casual al estilo de:

-Hay mucha gente rubia en tu país?
O bien:
-La psicóloga argentina es tu esposa?

…para pasar con algunos minutos de demora a una serie de recuerdos de su vida pasada que sonaban, cuando menos, impactantes. Como la vez se cayó del pan de azúcar, el teleférico se dio vuelta, cayendo todos al mar. Ella habría sobrevivido porque sabía nadar.
En Estados Unidos, donde vivió cuando se casó con Jorge (2do marido), presenció el estallido de una bomba en un shopping. Ella llegó incluso a ver el reloj de la bomba dar la cuenta regresiva. En ese país habría formado parte del FBI.
En Brasil, Zilmar cuenta que mató a un hombre, porque vio en la sombra que la estaba apuntando para matarla ahí en el morro, en el tiempo que ella era policía. Estuvo presa durante 24 horas. Salió porque también era periodista. No se arrepiente de matar: fue para salvarse.
Se me ocurre decirle que es una mujer muy fuerte, ante lo cual reacciona sorprendida. En portugués puede entenderse “fuerte” como “gordita”, por lo cual explico que le pasaron muchas cosas, incluyendo muchas internaciones, y que siempre pudo recuperarse.
A veces su relato pasa de fantástico a grandilocuente: “El gobernador de Ceará ganó las elecciones por mí”.
A la vez, Zilmar habría sido cantante: “Me robaron todos los cds que grabé cuando era cantora en un bar de Icaraí”.
“Trabajé de banquera, en realidad era mi banco. Le dábamos dinero a los fieles de mi iglesia. La iglesia era mía, era pentecostal, pero yo no creía. El banco todavía existe, y ahí tengo guardado mucho dinero”.
Cuento todas las profesiones que tuvo: 7. Dice que en realidad tuvo más, que ya está cansada, que está vieja.
Se dedicó un tiempo a administrar unos taxis, que ahora se los quedó una hermana. ¿De dónde los sacó? El primer taxi lo ganó en una chapita de gaseosa.
“Tengo una lancha anclada en el Yacht Club San Francisco”. Se trata de un puerto de pescadores, de lanchas pequeñas.
Sus ideas no son megalomaníacas exactamente, pues tienen un dejo de decadencia mezclado con una piedad resignada. Zilmar no reclama honores ni se muestra arrogante. En cambio, se presenta nostálgica y precisa en sus relatos. Sus logros forman parte de su vida pasada y ahora dice preocuparse por su familia. Sigue recordando:

“Organicé una fiesta en el Maracaná, vino gente hasta de África”.

De hecho, en la historia clínica figura esto en presente: en el momento en que estaba organizando la gran fiesta en el estadio, fue internada en Jurujuba. Cada una de las cosas que mencioné puede ser rastreadas, como si Zilmar estuviera recuperando sus delirios en la memoria en lugar de elaborarlos.

Genealogía de una princesa

Zilmar anda para todos lados con su carterita. Teme que Regina, la superstar de la sala, le robe las cosas. Cuando un día estamos conversando, esta paciente le saca una gomita del pelo. Se trata de 2 mujeres de porte fuerte, de una presencia tal que no me gustaría presenciar una pelea entre ambas. Zilmar se queda sentada, mirando a Regina irse con la gomita de su propiedad. Le pregunto si quiere que avise a enfermería y me dice que no, que después van a medicar a Regina con haloperidol y la van a dejar peor. “Te atan a la cama, te inyectan, eso hace mal al alma”.
Zilmar suele reposar en el suelo de cemento del patio a pleno sol o en la sombra, sólo si el calor es extremo. Muchas pacientes se le suelen acercar a pedirle cigarrillos, los cuales ella comparte desde lo bajo, casi como una diosa africana con sus súbditos agachados para rendir culto a su generosidad. Su expresión ahora es de tranquilidad y sabiduría. Dice que no es de esas personas ricas que se aíslan, que no hablan con nadie. A ella le gusta conversar con la gente ahí.
Zilmar explicará finalmente cómo tiene tantas propiedades: dice que ganó la lotería dos veces en un mes, y esa es la razón de su riqueza. Me pregunta si fui a ver su lancha a San Francisco.
Veamos algo sobre su familia: Zilmar dice que sus padres le pegaron cuando era chica, pero que así y todo gusta de su madre. Y compró un terreno para vivir con ella.
Tiene una hermana que se llama Zumar, y otra Zelmar, que son las dos más grandes. Ella es la tercera. Su madre quería tener 3 hijos, pero su padre insistió para tener un varón. El trato era el siguiente: si nacía mujer, le ponían un nombre con la inicial de la madre, que se llama Zumira. Si era varón, un nombre con la inicial del padre. Parece que no esperó para poner su inicial, porque el cuarto hijo fue… mujer, y se llamó Josemira (el padre se llamaba José). Después de eso sí, vinieron 3 varones.
Josemira le usaba la ropa y entonces ella le prendió fuego –a la ropa.
Así se refiere a sí misma en relación a su árbol genealógico: bisnieta de “fidelense” con caboverdiano por un lado, y de blanco de la india norteamericano con africano por el otro.
No le llegó ninguna herencia ni cultural ni material. “Mis padres eran pobres, no pudieron dejarme nada”. Las canciones que Zilmar cantaba cuando le decían que estaba loca, las inventaba ella, con ritmo de samba. Nadie se las había enseñado.

Cuestiones médicas

Zilmar cuenta que fue médica y trabajó en Jurujuba, entre otros lugares. Le pido que me cuente qué hacía. Me explica que actuaba como curandera, daba recetas caseras a las personas que se enfermaban. La insto a que escriba una receta si se acuerda, y ahí noto que su caligrafía es bien prolija. Zilmar anota unas cuantas formas de preparar un jarabe para la tos. Cuando me da el papel, me dice: “para que te lo haga tu madre si te enfermás”.
Trabajó de médica hasta que se enfermó ella. Me aclara que su enfermedad es del cerebro. Le pregunto más detalles y entonces relata lo siguiente: “Cuando era chica quedé muy traumatizada después que mi novio me arrancó un pedazo de la oreja. Recibí muchos golpes en la vida.” Como se toca la oreja, hago un ademán como para acercarme. Me aclara: “no da para ver, ahora es una oreja de plástico”.
Veamos entonces qué datos médicos se desprenden de la historia: Zilmar siempre fue medicada con haloperidol, desde 1991. Se llegó a dosis de 50mg junto con otro típico, flurfenazina. Nunca tuvo menos de 20 mg de haloperidol… porque también le daban en esa época una dosis quincenal de 3 ampollas de haloperidol decanoato. Actualmente toma 40mg, junto con 1 gramo y medio de ácido valproico, que se comenzó a bajar por la elevación de las transaminasas –aunque no se lo sacaron.
Esta medicación fue introducida en el 2004 porque “el delirio demora en ceder”, textualmente anotado de la historia. “Lo mío es por una Macumba, no tiene tratamiento médico”, habría dicho Zilmar, tras lo cual introdujeron el antirrecurrencial.
En una entrevista conmigo, dirá: “Yo ya fui macumbera”. Y cuenta que tenía un terreiro umbanda, que practicó hasta los 14 años exclusivamente eso, y a los 15 se pasó a la Iglesia Universal. Después de eso siguió un poco con la macumba, pero después de unos años la dejó para dedicarse a Dios exclusivamente. “No me gusta más todo eso. Algunos se dedican a hacer mal, aunque yo siempre trabajé para unión de parejas y de familias separadas”. Reparamos en los detalles geográficos del lugar donde quedaba el terreiro y dice que su ex marido ahora trabaja ahí.
Rescato otro hito manicomial de la historia, de cuando el haloperidol llegó a 50: aparentemente, Zilmar no aceptaba a su médica nueva. Ella le repite el nombre y le dice que no va a mejorar hasta que no la acepte. Esto, lo voy a tener que jurar, es también textual de la historia.
Además del haloperidol cuenta hoy con un plan que tiene una década: prometazina 75 mg y clorpromazina 100 mg a la noche. Intocables.
Si la paciente no responde, parece ser culpa de ella. La medicación es buena y la única dirección en que se la cambia es para aumentarla. Requerir de tantas internaciones es, claro está, una consecuencia de no tomar la medicación, perfectamente bien indicada, por supuesto.
Mientras en la historia dice que “la internación me mata”, ahora esto lo refiere al haloperidol inyectable. Por suerte, dice, ahora toma pocos comprimidos.

El mito de origen

Entre sus cualidades como médica, destaca la de saber hacer partos. Agrega que de todas formas ya no tiene ganas de trabajar. Que su hija casi tiene a su nieto en la casa, y Zilmar amenazó al médico con procesarlo si eso pasaba. Le señalo que hay una diferencia, que ella antes hacía partos en casas y ahora piensa que eso es malo, denunciable. Inmediatamente desempolva la siguiente estructura mitológica:
“Conocí a Charles Bronse, ¿lo ubicás? Un artista, que actúa en películas de acción, violentas, de esas que me gustan a mí. Lo conocí cuando vivía en Francia. El se enteró que yo vivía por ahí cerca y me mandó a llamar. Yo le expliqué que vivía cerca del aeropuerto, de manera que no era tan cerca, pero fui igual”.
Allí tuvieron lugar los partos domiciliarios: había dos mujeres que trabajaban para Charles Bronson, eran sus esclavas y estaban embarazadas. Ahí fue que realizó los partos y fueron dos pares de gemelos, porque allí en Francia hay con mucha frecuencia partos gemelares. Después de eso no realizó más partos domiciliarios.
Su mundo es totalmente plausible. Lo de Charles hace un quiebre… pero después de verla ahí con su mirada tranquila ante el desastre que se le viene encima, todas las mujeres pidiéndole cosas, interrumpiendo, con el sol quemándole la cara y yo en la sombra; ella con todo bajo control, se vuelve difícil pensar que las cosas no son así. Al menos muchas veces lo creen los profesionales que anotan en la historia clínica. Por empezar, la psiquiatra cree en los 22 hijos de Zilmar –salvo que haya tenido muchos gemelos, y que haya empezado a tener hijos en la adolescencia, debería haber cursado varios embarazos en el tiempo que ella pasó en el manicomio para llegar a la quincena de niños. La institución no permitió que ella tuviera tantos hijos, ¿o sí?
En medio de estas confusiones apenas me limité a puntuarle a Zilmar alguna que otra contradicción interna de su discurso en calidad de no entender, por ejemplo en momentos en que ella cambiaba algún evento en su relato o en caso que hubiera una confusión temporal. Responde de inmediato a todo.
Una vez abrió la puerta de la casa y encontró a uno de sus hijos. Lo bautizó Charles. Lo vio tan lindo que le buscó a su marido para pedirle permiso de adoptarlo. El bebé le quemaba, según sus palabras. Durante su vida este hijo se convirtió en uno de los preferidos. Zilmar me mira, hace una pausa, sonríe, y dice que yo me parezco a Charles. Sin resistir a la tentación, le pregunto ingenuamente: ¿se llamó así por Charles Bronson? No.
Para seguir en el orden de lo médico: el clínico de Jurujuba le diagnostica un cuadro de colelitiasis aguda y le consigue un turno para una cirugía de extracción de la vesícula.
Al día siguiente voy a Jurujuba pensando que Zilmar estará en el hospital general, pero la encuentro instalada en su cama, muy dolorida. Me cuenta que no la van a operar porque en el hospital no la aceptan, por no tener DNI. Entonces tiene que buscar su identificación de trabajadora, donde han de figurar sus múltiples empleos. A pesar de esto, Zilmar está calma. Me relata la aventura de haber llegado hasta el hospital y quedarse esperando en la guardia, sin nadie que la interne. Esto sucederá otra vez, acompañado por el clínico, en que la rebotarán de una manera más lancinante: internándola para la operación y luego sacándola mientras le explicaban que fue una confusión, que la cama es en realidad para ortopedia y no para cirugía. Zilmar contará que no sintió bronca en ningún momento.
Esto prolongará aún más la internación injustificada de Zilmar. Se barajan las posibilidades de tratamiento al alta, que con la demora inclusive no se terminan de resolver. Cuando conversamos al respecto, le digo que ella fue dueña de muchas cosas en la vida pero que sobre todo es dueña de su salud. Que ella puede decidir sobre su tratamiento y opinar libremente, que ya tiene nada menos que 17 años de tratamiento.
Primera estrategia para el alta: la idea es que se mantenga un control extremo sobre su “ambulatoriedad”. Como Zilmar decidió que no quiere tomar inyecciones, la institución decide una contraoferta, consistente en que ella concurra a buscar la medicación al centro de salud de la favela, todos los días. Se organiza una salida para conocer el nuevo lugar de tratamiento, como política de “articulación territorial”. Zilmar acepta ir todos los días al centro de salud, pero negocia que más de una vez por día no irá. Entonces el nuevo psiquiatra le dice que puede tomar los 40 mg de haloperidol de una sola vez. Ella duda, pregunta cómo sería eso. El psiquiatra le dice que serán 8 comprimidos de una sola vez, uno tras otro. Zilmar le contesta que no está segura, pero que cree que no va a salir bien, que se puede desmayar. La visita termina cuando Paula, la asistente social, que le había dicho al psiquiatra que Zilmar no tenía más síntomas psicóticos, siente vergüenza ante el despliegue de Zilmar: empieza a decir que tiene propiedades en un barrio caro de Niterói.

Visitantes

La siguiente salida es a la casa de Zilmar a buscar su identidad para que la puedan operar. Esta vez vamos los tres: Zilmar, Paula y yo.
Zilmar no está nerviosa, se sube a la camioneta y conversamos otra vez sobre geografía, líneas de ómnibus, me pregunta si yo paso cerca de su casa para ir al hospital.
Una vez en su casa, busca su documento durante 30 minutos, sin encontrarlo. Sandra le recrimina que ella lo quemó junto con toda su ropa. Aparece la hija de Mónica, de 6 años, que se acuerda de mi visita de hace un mes.
Greycimar, otra vez con su bebé en brazos, se pone contenta con la venida de su madre. Zilmar le recrimina que todavía no anotó en el registro civil a su hijo de 5 meses.
Finalmente se resigna y dice: “María Paula, no encontré el documento”. Sandra también se dirige a ella diciendo que no vale la pena sacar otro porque lo va a quemar. Zilmar no responde a la acusación, se conduce tranquila.
Reparo en la vista desde su casa. Señala al mar y dice: “Ahí está Río”, con una naturalidad y dominio sobre la geografía. Una vez que bajamos de la camioneta, María Paula se va para otro lado. Zilmar vuelve solita para la sala, con paso apurado.
Querer salir, volver a la casa, fue un efecto no planeado, quizás, de las intervenciones “geográficas” que son las visitas. Ya no se trata de una queja de “quiero irme porque acá voy a morir” que presentaba antes (y lo cual es altamente frecuente, como queja principal, el responder a la acción “terapéutica” del aislamiento). Ahora Zilmar manifiesta que extraña a su familia, a la vez que se siente mal porque no van a visitarla.
La idea que Zilmar manifestará poco después es que quiere ser liberta, que es la palabra para los negros esclavos cuando encontraban la libertad –tanto en Brasil como en Argentina. “Voy a ser liberta, salvo que Satanás se imponga”. Al preguntarle por esto, lo único que hace es reírse, como pidiendo disculpas por lo que acaba de decir.

Última entrevista

La encuentro levantada, sin suero y me recrimina que “desaparecí” porque hace una semana que no la veo. Le aclaro que fui pero ella estaba durmiendo, con suero y en mal estado general. Me dice que le da vergüenza que la haya visto de ese modo.
Zilmar refiere que no tiene bronca, que otras personas se ponen nerviosas en esa situación de espera. Pero que todavía no es su momento. Dice que uno viene al mundo por el poder de dios y de las parteras, sin ellas no importa qué dios uno tenga. Y para morir también se necesita de dios y de los médicos. Pero no es su hora, quiere que la operen para solucionar sus dolores e ir a su casa.
Me pregunta por mi madre, quiere saber qué regalo le llevo. Un cd de musica brasilera, contesto, tras lo cual ella interroga: “¿Le compraste mi cd?”
Zilmar dice que mi madre no me va a entender cuando hable con ella con mi nuevo acento. Ahí otra usuaria me pide que hable en español. Digo “hola, cómo estas, bien” y Zilmar traduce. Afirma que ella sabía español, francés e inglés, “pero después enloquecí y me olvidé de todo”. Se ríe. Intervengo diciendo que cuando ella esté instalada en su casa, en Charitas o Cachoeira, podrá pensar en recuperar esas lenguas y otras historias que quizás no me contó. Coincide en que hablamos bastante, me agradece y nos despedimos.
A modo de epílogo: al día de la fecha, pasados 7 meses de su ingreso, Zilmar continúa internada. Fue operada de la vesícula y se recupera ahí en Jurujuba. Al principio la idea fue que se consiguiera la operación desde ahí antes que desde la casa, pensando que de lo contrario se dificultaría el proceso administrativo de conseguir la operación. Luego decidieron que el asilo era mejor para recuperarse que en su propia casa, donde no se lleva bien con una de las hijas y donde no hay monitoreo permanente de las transaminasas. Siguen colocando en la historia que no tiene criterios psiquiátricos de internación.

Discusión

Se trata de un caso que muestra las falencias de la reforma psiquiátrica, en la cual siguen habiendo “casos sociales”, cuyos criterios ya no son de salud mental, y que muestran el límite en las intervenciones, cronificación de pacientes injustificada clínicamente -por no decir cronificación iatrogénica.

Mi intención al intervenir en el caso fue haciendo llegar los criterios “antimanicomiales” de la reforma de modo individualizado. La reforma no se trata meramente de políticas públicas sino de hacer llegar estas nociones en la clínica. Abandonar las prácticas manicomiales no es un hecho y nada más, como lo sería el cierre de un psiquiátrico. Es, antes que nada, encarar la clínica con criterio no manicomial, no centralizado, aplicando lo transmitido por tantos teóricos que estudiaron las instituciones críticamente. Y sobre todo la articulación territorial, que es uno de los pilares de la reforma en Brasil, que sea un eje central de las definiciones en un caso dado.
En el caso de Zilmar, de más está aclarar, no se cumplió una buena articulación territorial. Zilmar estuvo más adentro que afuera en los últimos 17 años, muchas veces sin criterios psiquiátricos siquiera. Mi intento fue, entonces, puntualmente, ubicar esa dificultad en el caso y tratar que Zilmar pudiera construir una perspectiva de alta. La cual debía ser, claro está, en diferido, puesto que yo iba a irme de ahí antes que ella. Esto lo encaré desde una articulación territorial “imaginada”, estimulando recorridos geográficos concretos en las entrevistas y desarrollando una suerte de exploración cultural de sus flancos oscuros, supuestamente delirantes.
Sobre el diagnóstico, allí se dividían entre decir que era una esquizofrénica o una esquizoafectiva. Quien le indicó el valproico se escudaba en decir que no era esquizofrénica porque oscilaba mucho de humor. Yo no pude observar esto, aunque sí intuyo que la observación clínica tuvo que ver con reacciones de Zilmar ante la institución –puntualmente no mirar a la cara a su psiquiatra y no aceptarlo.
El hecho de negarse a un tratamiento psiquiátrico es bastante frecuente, quizás tanto como las obediencias automáticas a los tratamientos propuestos a muchos pacientes psicóticos. Zilmar era de ese estilo, no hay registros de que ella se opusiera a nada. Apenas alcanzaba a decir “esto me está matando”, pero seguía el tratamiento según lo indicado. El hecho de negarse a tomar 8 comprimidos de haloperidol de una vez constituye un logro en su posición frente a las instituciones.

En buena medida la impresión diagnóstica podría ser compatible con una parafrenia. Pero de todas maneras estamos frente a un artificio, en el cual no vemos al paciente en estado salvaje sino en “cautiverio”. Con esto quiero decir: cuánto hay de cronicidad de la enfermedad y cuánto hay de cronicidad institucional, se vuelve difícil señalarlo. Pero siguiendo el diagnóstico a modo de ejercicio, podríamos suponer que Zilmar hubiese pasado estos 17 años afuera del hospital, en un medio más contenedor, y suponiendo que hubiese ingresado hace poco, con lo cual se restaría el efecto de la institucionalización. En ese caso cabría preguntarse si una determinada psicosis tiene sentido en tanto categoría impuesta ajena a su cultura. Zilmar quiere ser “liberta”, lo cual significa que hay algo de su cultura que está capturándola. ¿Se trata de algo que podamos identificar o intervenir? Aun pudiendo, ¿deberíamos intervenir? ¿O la intervención es la que produce el efecto constrictor del cual hay que liberarse?
Lo institucional en este caso es de importancia evidente. Además, podríamos identificar en su caso que Zilmar padecía las intervenciones como mayor exclusión de su cultura de origen. Trabajar con ella para superar esto parecería equivalente a ayudarla a escapar del tratamiento. Este efecto se produce porque la “autogestión” de la salud es algo poco habitual, y menos en salud mental, donde se supone que la persona no puede decidir sobre su condición y las instituciones deben hacerse cargo de eso. La lógica manicomial es la lógica de la dependencia, llevada al extremo. Moderar algo de esto, sin generar una revolución que aumente el caos, es posible si se apuesta a que la persona puede tener una idea válida acerca de su curación. Y que ésta puede estar siendo expresada justamente en las manifestaciones sintomáticas.
Una parafrenia afectiva es una denominación que Leonhard podría darle a esta paciente, entre sus “esquizofrenias asistemáticas”. Dicha entidad se compone de delirios paranoides y megalomaníacos que tienden al encapsulamiento con los años, sin grave deterioro como otras psicosis y con un componente afectivo que sólo disminuye con los años de tratamiento neuroléptico –cabe señalar que esto se refiere a un aplanamiento, es decir, a un cambio de un síntoma por otro a partir de la medicación.
Leonhard concibió sus categorías diagnósticas luego de observar personas asiladas, con el fin de estudiar posibles etiologías. Pero lamentablemente el sueño de que un diagnóstico explique todo ha caducado y corremos el riesgo atávico de creer en la omnipotencia de las formas. Coincido que cierta explicación está ahí mismo, en los síntomas que cada caso presenta. Y en el que nos ocupa, ¿cuál es el problema actual? ¿La evolución natural de la enfermedad? ¿O la institucionalización? Hay que decidirse, y más cuando los tiempos de tratamiento se acortan.
En el caso de Zilmar, no hubo demasiados intentos de cambiar la estrategia de neurolépticos en altas dosis e internaciones. Suponiendo también una causalidad iatrogénica en cierto porcentaje de la presentación clínica de Zilmar, decidí acompañarla en recorridos geográficos dentro y fuera del hospital, estimulando la “autogestión” de su salud, validando sus rasgos culturales y su pertenencia. Así permanecí, a la espera de ideas que surgieran de ella, que pudiera relacionar sus ideas de “curación” con lo que a ella le pasaba; que naciera de ella algo diferente. Ya no una criatura mitológica bicéfala o quemante como lo fue su primer hijo. En definitiva, que sus ideas podían tener un valor semejante al que tienen las ideas que le son impuestas –no tanto por su parafrenia como por las intervenciones sobre ella. El sometimiento de los africanos, olvidado en el recorrido cultural de Zilmar, es reeditado por la circunstancia de aislamiento institucional.

Zilmar no presenta una cronificación en el sentido de gran deterioro como los típicos asilados. Resta aclarar que al referirme a cronificación institucional hago mención al encapsulamiento de los síntomas y de un cierto estancamiento en la situación vital de Zilmar. El hecho de no existir un franco deterioro, por lo cual se descartaría una hebefrenia, no lo asocio tanto con el hecho de su “patología de base”. Cabría pensar que el efecto institucional no favoreció esto por los intentos, aunque fallidos, de articulación territorial: las altas que se dieron con períodos de vida en sociedad, aunque con una alta tasa de reinternación y un altísimo tiempo promedio de internación.
Según la última entrevista, en que Zilmar pareció volver a un bajar en sus expectativas sobre el alta, dirá que “enloquecer es olvidar”, y que “venir al mundo es posible gracias a las parteras”, es decir, gracias a la esclavitud en relación a otros esclavos. Habrá que ver si liberarse de eso viene de la mano de un delirio megalomaníaco o de la metabolización de una idea impuesta, sometida, contra la que Zilmar lucha intentando validar su lugar social, como alguien que sabe hacer algo –partos, jarabes, discos de samba.
La vida profesional de Zilmar (o su delirio, algunos dirán) puede ser entendido como un interesante catálogo de las profesiones que los negros consiguieron en Sudamérica como alternativa a la venta callejera o las lavanderas –éstas, las vendedoras de empanadas de los actos de la escuela, no tienen nada de romántico, ya que nadie deseaba realizar esas tareas. En cambio, las instituciones con las que Zilmar dice haber contribuido son, según conté en aquel momento, siete: la prensa, la seguridad, la medicina, el trasporte, la religión, los banqueros, la música. Las instituciones sociales negras en Brasil y en Argentina daban préstamos a sus socios, frecuentemente agrupados en organizaciones religiosas o en los famosos “quilombos”. Cuando los afrodescendientes conseguían una posición más alta, luego de ser libertos, trabajaban justo en esos sectores sociales, de los cuales fueron despojados por los inmigrantes europeos entre 1880 y 1900. En la vida de Zilmar cabe la cronología de los afrodescendientes en cuanto a las ocupaciones: primero fue macumbera, lo cual está asociado a las clases más populares y, en su momento, a la esclavitud. Pero actualmente nada de su presentación está relacionado a ese credo. En su relato, luego se hizo cristiana evangelista, tal como se convirtió la mayoría de los afrodescendientes, con la explicación de “empecé a dedicarme más a las cosas de bien”, es decir, dejando atrás su herencia cultural. Con esto vino el apoyo social a los demás: a los integrantes de su iglesia y a su familia. No hay ningún delirio en relación a cuestiones fuera de la órbita “coherente” para un afrodescendiente, ya que en ningún momento declaró ser política, hacendada, tener un comercio o cosas que los ex esclavos no podían aspirar bajo ningún concepto.
¿Es entonces un delirio decir que fue médica, cuando a las curanderas y parteras las llaman así? Llamar loco al hecho que invente sambas, ¿no es acaso lo que hacía la familia? Monitorear si hígado tanto en la salud como en la enfermedad, controlarle si toma la medicación todos los días, a un adulto, ¿no es persecutorio fuera del delirio, en la realidad médica? Decir que sus profesiones son pura invención, ¿no corresponde con una comodidad del interrogador que no profundiza esas cuestiones? ¿No se tratará mejor dicho de una esclava que al intentar salir de su situación siendo partera en realidad siguió siendo esclava? Al menos me otorgo el beneficio de la duda, como embajador racial de Charles Bronson.

Explicaciones: preguntar por Xangô: da un panorama del grado de implicancia cultural. A partir de ahí rastrear una semiología, diagnóstico de situación cultural de la persona. En este caso no se pudo adscribir a ningún síndrome dependiente de cultura… sino al contrario, un vacío. Ella dice que mientras prende fuego está ida, como inconsciente. Se produce una puesta en marcha de mecanismos de reingreso cultural, reeditando delirios que tienen sentido, apareciendo sin sentido solo en los momentos en que aparece el motivo de internación, el fuego. Qué lo hace reeditable: el estar reeditando una historia de su cultura, la del sometimiento, durante la internación. No sólo por el aislamiento, sino por la imposición de políticas estrictas de seguimiento y una instauración moral. Algo está bien, que es la religión etnocéntrica de la psiquiatría. No traer problemas.
Quemada: negra, es entonces una consecuencia.

Debemos intervenir? Qué hacemos con la locura? La identificamos al menos? Cuándo algo es loco y cuándo algo sirve para encontrar un sustrato de exploración del paciente? Cuándo lo verdadero para él se torna identificable para nosotros en tanto medio artificial del paciente, y cuánto en realidad es aceptable para el medio original del paciente.

La validación de su delirio la llevó a una posición pasiva a otra más activa en cuanto a su tratamiento y en cuanto a su manera de concebirse.